Era un viernes de agosto en Nueva York, y aunque el sol ya se habĂa escondido, el calor del asfalto todavĂa se sentĂa. Una leve brisa que venĂa desde el rĂo hacĂa que el paseo fuera un poco más llevadero. Al caminar por el West Village, pasĂ© junto a varias terrazas con ese estilo parisino que tienen algunos locales en la ciudad, y pensĂ© en sentarme a tomar algo, aun si iba a estar solo.


Finalmente, me llamĂł la atenciĂłn una terraza tranquila, de esas donde uno se siente cĂłmodo incluso si está solo. PedĂ un Moscow Mule, y luego otro, mientras sacaba mi libreta para escribir sobre el dĂa. La camarera me tratĂł con una amabilidad especial; no sĂ© si era empatĂa o simplemente su manera de ser, pero su atenciĂłn fue un detalle que me hizo sentir menos solo en esa gran ciudad.


Al terminar, fui a pedir la cuenta y, al acercarme a la barra, la vi con sus amigos, tomando algo como si estuvieran celebrando. Me disculpĂ© por interrumpir, y ella, con una sonrisa, me indicĂł el baño antes de cobrarme. Cuando regresĂ©, tenĂa una sorpresa: ya habĂan cubierto mi cuenta. Me quedĂ© pasmado; en una ciudad tan enorme y, a veces, impersonal, alguien me habĂa invitado a las bebidas. No sĂ© si fue compasiĂłn, simpatĂa, o simplemente un gesto amable. AgradecĂ y, con mi inglĂ©s medio y mi timidez, me despedĂ sin mucha ceremonia.




Mientras me levantaba, alcĂ© la mirada y vi a una pareja enfrente. ParecĂan estar en su primera o segunda cita, con esa timidez de quien siente atracciĂłn pero aĂşn no se atreve a un gesto cariñoso. Al darme vuelta, notĂ© a dos chicas en la mesa de al lado, en plena conversaciĂłn, y supe que era el momento para la foto. Con mi cámara analĂłgica, tratĂ© de pasar desapercibido para no romper el ambiente, para capturar la naturalidad de ese instante.




DespuĂ©s, me quedĂ© mirando la foto y me preguntĂ© de quĂ© estarĂan hablando. A veces, incluso ahora, vuelvo a verla e imagino que soy yo en esa charla, con alguien cercano, recibiendo un consejo en medio de una noche cualquiera en Nueva York.
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