El 11 de junio era el cumpleaños de Pablo, un amigo al que siempre he considerado como un hermano. Ese año, había decidido pasar el día solo, desconectado del mundo, en algún rincón de Polonia. Yo, desde la distancia, no podía permitirlo. La noche anterior a su cumpleaños, en un impulso irrefrenable, reservé un vuelo para sorprenderle.


La improvisación, como es de esperar, tuvo sus consecuencias: no conseguí un vuelo directo. La ida incluía una escala en Ámsterdam, y la vuelta, otra en París. Pero lejos de verlo como un inconveniente, decidí convertirlo en una oportunidad. Aproveché ambas escalas para pasar un día completo explorando estas ciudades, dejándome llevar por mi pasión por viajar y por esos breves destellos de vida que encuentras en los lugares intermedios.




Cuando viajo solo, sigo una rutina peculiar. Camino durante horas, me salto las comidas, y, de vez en cuando, fumo mientras observo. Más tarde, leyendo un libro, descubrí que no era el único que adoptaba este comportamiento en París. Al parecer, ciertos lugares sacan a la luz rituales que no sabías que tenías.
En la capital francesa, tracé una ruta que me llevó desde el Barrio Latino hasta Maxim’s, un restaurante legendario. Mi objetivo era sencillo: explorar la ciudad y perderme en su lado más artístico. París, como siempre, no defraudó. En cada esquina encontraba destellos de creatividad: un pintor junto al Sena con su caballete, mujeres que parecían recién salidas de una revista de moda, y músicos que hacían de las calles su escenario.




Entonces ocurrió. Un instante único que todavía hoy guardo como un tesoro. En una pequeña plaza, me topé con una joven sentada en un banco, leyendo. Podría haber sido una escena cotidiana, pero lo que llamó mi atención fue el libro que tenía entre las manos: un manuscrito, escrito a mano.




Había algo hipnótico en esa imagen. Pensé en las palabras que corrían por esas páginas, no concebidas para un público masivo, sino destinadas a ser leídas por unos pocos elegidos. Aquella idea de lo íntimo, de lo exclusivo, resonó en mí como un eco de tiempos en los que la creatividad era un acto casi sagrado.
Me alejé de allí, cámara en mano y corazón lleno, convencido de que hay momentos que no se capturan para compartir, sino para guardarlos en la memoria como pequeños secretos que solo pertenecen al viajero.
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