Un lugar dĂłnde sĂłlo corre el viento, y los atardeceres son un regalo. JosĂ© Ignacio, un tesoro de mi paĂs; Uruguay. Desde que tengo uso de razĂłn, me paso los veranos en Punta del Este. Cada verano la casa de mi abuela reĂşne primos, tĂos, hermanos y amigos; en fin, familia.


La rutina durante la primera quincena de enero se basa en bajar a la playa a la mañana, y compartir un mate o una charla al encontrarnos con amigos. Algunos practican surf, mientras otros optan por tumbarse al sol en la arena. Más tarde subimos a almorzar, y luego de una larga y charlatana sobremesa solemos dormir una profunda siesta. A la tardecita, volvemos a bajar a la playa, y asĂ darnos el Ăşltimo baño de agua salada del dĂa mientras somos espectadores de un Ăşnico atardecer. Los dĂas de verano se cierran con una ducha caliente, seguida de un delicioso “asado”. Carne a la parrilla, buena mĂşsica, algĂşn que otro trago, y campeonato de truco.




Una vez terminada la quincena, mi familia emprende la vuelta a sus respectivas ciudades para continuar con su rutina. Afortunadamente, aquel verano me pude dar el lujo de extender una semana más mi estadĂa en el este, ya que a mi aĂşn no me tocaba volver a la carga.
Un lunes a la mañana, una amiga me escribiĂł: “¿Vamos a pasar el dĂa a JosĂ© Ignacio?”. Sin dudarlo, cogĂ mi bolso, me subĂ a mi coche de aquel entonces; un Peugeot 405 de los años 90, pasĂ© por ella y partimos hacia el pequeño y exclusivo balneario de la costa esteña uruguaya. Una rica comida al sol, una tarde en la playa con infinitos baños de mar y un atardecer con medialunas calentitas (autĂ©ntico manjar rioplatense), hicieron de aquel lunes, un gran lunes.
Sin embargo y por desgracia, aquel dĂa yo habĂa optado por no llevar mi cámara de fotos a la playa, ya que me daba pereza cargarla. La impotencia de haber creado tan lindas imágenes visuales en mi mente y no haberlas podido registrar con mi cámara me hizo volver al dĂa siguiente a por esas fotografĂas.




Cámara en mano y un helado. Esos fueron mis acompañantes aquella tarde de Enero en la que decidĂ subirme al coche una vez más y emprender ruta en soledad hacia aquel lugar en donde el tiempo parece detenerse entre atardeceres dorados y el sonido del mar. Media hora más tarde, lleguĂ© al pueblo, aparquĂ©, y entrĂ© en una heladerĂa en bĂşsqueda de algo frĂo para lidiar con los 30°C.
Pasé un par de horas recorriendo las calles de arena, observando las casas blancas de estilo rústico y su icónico faro, el cual crea un ambiente bohemio y sofisticado. Durante el verano, el pequeño pueblo se llena de viajeros y celebridades que buscan tranquilidad sin renunciar al lujo, disfrutando de restaurantes frente al mar y noches bajo un cielo estrellado.




Mis horas de caminata culminaron en la Playa Mansa, dĂłnde decidĂ instalarme sobre unas rocas para disfrutar del ir y venir de las olas mientras el sol caĂa. Fuera de temporada, el pueblo recupera su calma, convirtiĂ©ndose en un refugio para quienes buscan inspiraciĂłn en su belleza salvaje y su aire de libertad.
Aquella tarde todo era mágico. Los botes de los pescadores iluminados por los rayos del sol, las carcajadas de los niños corriendo hacia la orilla huyendo de sus padres mientras hacĂan travesuras, y ese olor a mar que tanto me gusta. Una tarde simplemente perfecta.
Lifetime Value
La calidad de los materiales con los que trabajamos garantizan el valor de la obra a través del tiempo.
Lista para colgar
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Enmarcado a mano
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Hecho a medida
Cada historia, es enmarcada según el tamaño, color y preferencia del waller.
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